Más de alguno de ustedes se habrá preguntado ¿Qué auto me compro?
El mercado tiene respuesta de sobra para saciar dicha necesidad. Los hay grandes, medianos, chiquitos, muy guapos y otros no tanto.
Pero ¿y si lo que buscamos es algo que sea capaz de llevarte del punto A al C, sin necesidad de pasar por B? Un auto que no sea llamativo, pero que tampoco se saque un rojo en lo que a estética se refiere. Que no sea muy bajo y que quede pillo en la realidad de nuestras calles, pero que tampoco sea tan alto para darse vuelta en una frenada de emergencia. En definitiva, un vehículo que pase piola, que cumpla su función y ya. Probablemente tienes opciones y en la indecisión has mirado las vitrinas de los SUV chinos o evaluado comprar uno de segunda mano. Entonces, si fuera uno usado, ¿por qué no considerar el Samsung SM3? Pues, si no lo has hecho, no lo conoces o lo cachas pero no tanto, te doy una apreciación de este artefacto con ruedas que puede ser mucho más atractivo de lo que parece.
Este fue el más pequeño de los Samsung. Sí, los mismos que fabrican smartphones que dejan de funcionar fluidamente al año. En el caso de los autos, resultaron ser mucho más duraderos desde las gamas más bajas. Sin mirar ningún indicador ni datos duros, me atrevo a decir que el SM3 fue el modelo más fiable que la marca trajo a Chile. Basta con mirar el parque automotriz cotidiano y constatar que hoy siguen circulando varios por las calles. No salían, obvio, de la misma línea de montaje de las teles o los celulares. Samsung por allá por los 90 se interesó por fabricar autos, tal como sus rivales coreanos Hyundai o Daewoo. Iniciaron muy bien, usando de base modelos de la japonesa Nissan y para probar sus productos, Chile fue el primer país en recibir sus exportaciones, pero la crisis asiática frustró los sueños de capitalizar esta incursión y se vio obligada a vender.
Renault se quedó con el 70% de las acciones, otorgando a la marca el nombre compuesto Renault-Samsung. Algo así como los Pérez-Bannen, supongo, pero de Corea. Los coreanos aprovecharon las bondades tecnológicas de su comprador y la alianza que tenían con Nissan, bebiendo de sus capacidades y propiedades intelectuales. Es así como nace el SM3, que no es más que un Nissan Bluebird Sylphy, que a su vez, no es más que un Sentra B15 con otro esmoquin. En 2005 se estrenó el restyling. En algunos mercados se vendió como Nissan Almera y en Colombia, bajo el nombre de Renault Scala. En el continente americano, solo Chile recibió la marca Renault-Samsung.
Más allá de la endogamia automotriz, quisiera mencionar el diseño de este auto. El SM3 no es un vehículo que entre precisamente por los ojos, o al menos no encaja con el lenguaje que ostentan las marcas en pleno 2026. Aquí no hay pantallitas por todos lados ni biseles en piano black. Su sencillez le permite sacar brillo en otras aristas. Sus enormes ojos le entregan una iluminación muy correcta en distintas condiciones, y sus neblineros son más que suficientes para no encandilar a los que vienen en pendiente, como suele ocurrir en los cerros del Gran Valparaíso. Las luces traseras también son enormes, lo que le quita un poco de boca al maletero, que cuenta con unos generosos 450 litros de capacidad, donde puedes llevar de todo, siempre que las bisagras te lo permitan.
Puede llegar a ser bonito si te acostumbras a él, o si le encuentras el ángulo. Personalmente, me he acostumbrado a sus líneas redondeadas. Su culo me evoca los platillos voladores que aparecían en las portadas de las revistas Conozca Más y su frontal da la sensación de estar alegre y dispuesto a ser sometido a horas de viaje sin mayor problema. Sus ventanillas aportan una buena iluminación, pero la caída del pilar C está demasiado adelantada y les resta espacio para la cabeza a quienes les toque viajar atrás.
El interior creo que es uno de sus puntos fuertes. Tiene asientos, y eso es algo muy a considerar al momento de comprarse un auto. La posición de conducción es algo alta, dando la sensación de subirse a una camioneta chica. La altura del techo a la cabeza es correcta y en general se siente espacioso. El volante es muy generoso en dimensiones, aportando a esa sensación de troca. A su favor, cuenta con altura regulable y para mi sorpresa, la versión PE -la que manejé por años- cuenta con mandos al volante para la radio, algo que algunos miserables en pleno 2026 siguen ofreciendo como opción. Los relojes indican lo preciso: cuentavueltas y velocidad, temperatura y nivel del estanque que, cuando lo llenas va más allá de los límites, haciéndote sentir que cargaste más bencina de la que podrías tener.
Los espejos retrovisores resultan pequeños cuando los comparas con las dimensiones generales del auto, pero son eléctricos para mayor comodidad. El cierre centralizado funciona tanto presionando el botón central como abriendo/cerrando desde la puerta del piloto. Tiene radio con cargador de 6 Cd’s y entrada auxiliar, toda una locura tecnológica si estás leyendo esto desde 2002, pero que se antoja a poco para el estándar de hoy. La calidad de audio es normal tendiendo a baja. Los materiales en cambio son uno de sus puntos más fuertes. Toda la consola y puertas son de plásticos duros, lo que juega a favor de la durabilidad y facilidad para limpiar. El hecho de ser tan rústico le da una excelente firmeza, en especial al salpicadero entero, que, con todos los años encima no suelen tener ningún ruidito ni grillo sonando en el andar, ni siquiera por calles con adoquines.
La emoción que transmite conducir esta fiera obsoleta de más de 100 caballos es más bien neutra. Si andas en modo sereno y respetando los límites en cada tramo, lo vas a sentir tan artefacto como el hervidor con sarro de tu casa. Cumple su función y ya. No es ergonómico, pues tanto plástico duro hace que cada cierto tiempo te tengas que reacomodar para evitar fatigas corporales. Los posavasos son estrechos y conviven en el mismo espacio que los controles del aire acondicionado. Si pones algo en ellos, no puedes regular la temperatura y el vaso que pongas moverá la calefacción hacia lo frío. Los espacios de almacenamiento en las puertas son estrechos y no les cabe una botella grande. Son esas las sutilezas que hacen la diferencia en un producto que satisface nuestras necesidades de desplazamiento pero queda al debe en materia ergonómica. Pero si andar con la espalda adolorida para ti pasa a segundo plano, el SM3 es un auto que resulta muy práctico. No mide mucho, no chupa tanto y tiene un espacio más que digno. Y si lo quieres hacer gastar, siempre existe la opción de buscarle las cosquillas y llevarlo por sobre las 3500 rpm, donde el motor se muestra más ágil y emite un sonido que se disfruta bastante. Pero no mucho más.
Entonces ¿qué lo hace destacable? Justamente el ser un auto sin pretensiones. No quiere demostrar que es bueno y resistente, pero lo es. Fue el relevo espiritual del Nissan V16. De acuerdo a Patentes Chiles, se matricularon 24.854 unidades durante su vida comercial. Fue la apuesta segura de muchas familias y quienes lo proyectaron como vehículo de trabajo. Aún se pueden encontrar fácilmente en cualquier ciudad, sea en sus inadvertidos colores plateado o beige, pintado de taxi o colectivo, con cientos de miles de kilómetros recorridos, un andar correcto y un conductor satisfecho. Se cuenta que el importador de la marca estaba en total descontento porque los SM3 casi nunca presentaban fallas, y eso significaba menor venta de repuestos. No conozco a nadie que sepa de la existencia de este cacharro y tenga una mala opinión.
En el escenario actual, el consumidor parece premiar las “innovaciones” tecnológicas y la presencia de muchas pantallas por sobre lo racional. Líneas agresivas e iluminaciones interiores más propias de una micro porteña que de un automóvil familiar son el nuevo estándar. En Chile, la oferta automotriz es de las más variadas del mundo. Es por ello que resulta llamativo que, por más que pasen los años, el SM3 permanezca en la retina de los aficionados al mundo motor. Dejó de venderse hace más de una década y de hecho la denominación Renault-Samsung desapareció, aunque la operación automotriz continúa como Renault Korea. Su legado de durabilidad y confianza permanece.
No es el más rápido, definitivamente no es el más bonito. Su tecnología es propia de la época en la que fue concebido y transmite más ruido exterior por su baja insonorización que emociones al volante. Pero el SM3 cumple, de manera sencilla, duradera y te llevará del punto A al C, sin pasar por B.
